El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que se caracteriza por una lenta acumulación de cambios cerebrales patológicos que van alterando el funcionamiento de las neuronas. Es la principal causa de demencia.
Tiene una larga fase preclínica, en la que, durante muchos años, los cambios neuropatológicos progresan sin síntomas porque el cerebro tiene cierta capacidad para ir compensando estas alteraciones gracias, entre otras cosas, a la reserva cognitiva.
Sin embargo, llega un momento en que ya no lo puede “ocultar” más y es cuando empiezan a aparecer los indicios de deterioro cognitivo. Al inicio, los síntomas suelen estar relacionados con problemas de memoria, a los que se añadirán otros que, si son a causa del Alzheimer, con el tiempo derivarán en demencia.
La diferencia entre Alzheimer y demencia yace en que esta última es un conjunto de signos y síntomas producidos por una alteración cerebral (como el Alzheimer) que provoca la pérdida de capacidades cognitivas de la persona afectada. Además, suelen aparecer alteraciones del estado de ánimo y de la conducta y, todo junto, impide que la persona pueda llevar a cabo independientemente sus actividades cotidianas. Por tanto, conlleva una pérdida de autonomía y la consecuente dependencia de terceras personas.
La enfermedad de Alzheimer, normalmente, las primeras dificultades cognitivas se reflejan en una pérdida de memoria para hechos recientes, pero, progresivamente, se añadirán, entre otros, problemas de lenguaje, de orientación, de razonamiento o de reconocimiento visual, apareciendo otras alteraciones relacionadas con la percepción y con otras funciones cognitivas a lo largo de distintas fases de la enfermedad.
También aparecerán problemas de comportamiento y del estado de ánimo. Todo ello hará que la pérdida de autonomía sea cada vez mayor, puesto que se trata de un proceso irreversible. Por ello, las personas afectadas siempre terminan requiriendo de una atención continuada, que suele recaer en algún familiar: la persona cuidadora principal.

